Lo que no se ve en la publicidad del bienestar

 La publicidad del bienestar suele prometer experiencias casi mágicas. Cuerpos perfectos, escenas cuidadosamente iluminadas y una estética diseñada para despertar emociones inmediatas. Sin embargo, a veces me pregunto si aquello que se muestra tiene relación con la verdadera esencia de un masaje.

Existen imágenes y escenas que muchas personas aceptan como normales, aunque algunas de ellas representan prácticas poco realistas o incluso contrarias a las condiciones de seguridad y profesionalismo que deberían caracterizar una terapia seria. La experiencia del masaje debería ser un espacio de confianza, privacidad y respeto, donde la persona pueda relajarse sin sentirse observada ni convertida en un espectáculo.

Sin embargo, la publicidad suele recurrir a fórmulas fáciles: cuerpos expuestos, miradas sugerentes y una narrativa que apela más al impacto visual que al bienestar real. Pareciera que, en ocasiones, se vende una fantasía antes que una experiencia terapéutica.

Lo curioso es que esta fórmula rara vez se cuestiona. Se repite una y otra vez porque funciona, porque atrae atención y porque el público la consume. Así, terminamos aplaudiendo representaciones que poco tienen que ver con la intimidad, el cuidado y la conexión humana que deberían estar en el centro de una experiencia de bienestar auténtica.

Quizás valga la pena preguntarse: ¿estamos buscando bienestar o simplemente hemos aprendido a reconocer como bienestar una imagen que la publicidad nos ha mostrado durante años?

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