¿Por qué
aferrarse a la incomodidad y a la incomprensión? La pregunta incomoda en sí
misma, porque contradice todo lo que nos enseñaron a hacer: buscar lo cómodo,
lo rápido, lo que no moleste demasiado tiempo.
Y sin
embargo, si somos honestos, muchas veces no nos liberamos tan fácil de lo que
nos incomoda… simplemente aprendemos a convivir con ello.
Hoy vivimos
en una época donde casi todo puede reemplazarse. Personas, experiencias,
trabajos, conversaciones. Todo parece estar a disposición de ser cambiado si no
encaja de inmediato. Y eso, que se presenta como libertad, también ha creado
una consecuencia silenciosa: cada vez toleramos menos lo que no se resuelve
rápido.
Si algo
incomoda, se evita.
Si algo no se entiende, se descarta.
Si algo exige profundidad, se posterga… o simplemente se abandona.
Pero aquí
aparece la parte incómoda de esta reflexión: no todo lo que incomoda es malo, y
no todo lo que es difícil debería ser eliminado.
Aferrarse a
la incomodidad puede sonar absurdo en una primera lectura, casi como una
contradicción emocional. ¿Por qué alguien se quedaría donde no se siente bien?
Pero la realidad es más compleja: a veces no nos quedamos porque queramos sufrir,
sino porque hay procesos que no se pueden cortar sin dejar preguntas abiertas.
La
incomodidad, en muchos casos, es el lugar donde algo se está moviendo. Donde
una idea antigua se rompe. Donde una forma de ver la vida deja de sostenerse. Y
eso, aunque no lo parezca, no siempre es negativo.
Lo mismo
ocurre con la incomprensión. No entender o no ser entendido puede sentirse como
un vacío, incluso como una forma de aislamiento. Pero también puede ser el
punto exacto donde dejamos de repetir respuestas automáticas y empezamos a
cuestionarnos en serio.
El problema
no es la incomodidad en sí. El problema es lo rápido que intentamos escapar de
ella.
Porque lo
que no se entiende de inmediato, hoy se reemplaza.
Lo que no fluye, se abandona.
Lo que no encaja, se descarta.
Y en ese
movimiento constante de reemplazo, algo se pierde: la capacidad de sostener
procesos reales.
No todo lo
que incomoda debe ser sostenido, por supuesto. Pero tampoco todo lo que
incomoda debería ser eliminado como si fuera un error del sistema.
Ahí está el
verdadero punto ciego de esta época: hemos confundido bienestar con ausencia de
tensión, y crecimiento con comodidad.
Tal vez el
desafío más incómodo de todos sea este: aprender a permanecer un poco más en lo
que no entendemos. No por resignación, sino por lucidez. No por dependencia,
sino por conciencia.
Porque en un
mundo donde todo puede ser reemplazado rápidamente, quedarse —cuando realmente
vale la pena— se ha vuelto un acto radical.
Y quizás la
pregunta final no sea si debemos aferrarnos o soltar, sino algo mucho más
difícil de responder:
¿cuánto de
lo que estamos soltando… lo estamos soltando demasiado rápido?
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